Reflexión
de la Buena Nueva
Lunes de
la Sexta Semana del Tiempo Ordinario
12 de
mayo, 2008
Lecturas
del Día:
Santiago 1:1-11
Salmo 119:67-68, 71-72, 75-77a
Marcos 8:11-13
Estables en la fe
La primera lectura de hoy
es un buen resumen de cómo manejar la adversidad como cristianos que somos. La advertencia acerca de los peligros de la
duda es muy importante: "Pregunta en fe, no dudando, por que el que duda
es como una ola del mar que es conducida y es lanzada por el viento". Tales olas son sinuosas e irregulares. Uno nunca sabe cuál nos inundará. Es la clase de agua en la que Pedro comenzó a caminar
y en la que después se hundió.
Cuándo nosotros dudamos del amor de Dios o de su deseo
de intervenir en nuestras dificultades, somos de doble mentalidad. Creemos, y no creemos, confiamos, y no confiamos,
tenemos esperanza, y no tenemos esperanza. El tener dos mentes nos hace muy inestables y pronto
caemos. ¡No debemos suponer que recibiremos algo del Señor; aunque él nos lo da,
no nos damos cuenta! Todo lo que vemos son las olas.
¿Qué desafía la constancia de tú fe? ¿Qué te avienta como
las olas y te conduce como el viento?
Probablemente tu respuesta es la misma que la mía: LAS PERSONAS. Sí, esas personas que parecen estar en nuestra
cara solo para socavar nuestra alegría, esas personas que son difíciles de
tratar, esas personas que nos critican o nos ridiculizan, y esas personas que
están en el camino de la destrucción y nos preocupamos por ellos y tratamos de
ayudarlos pero no se detienen a buscar la curación y la paz de Dios.
Esas personas que causan los varios problemas por los
que estamos pasando — ellos desafían nuestra paciencia, nuestra capacidad de amar
incondicionalmente, nuestra rapidez para perdonar, nuestra resistencia, nuestro
optimismo, etc. Es decir, ellos desafían
la constancia de nuestra fe. Entre más
vulnerables somos a estos desafíos, más fácilmente nuestra fe es sacudida por
dudas y otras fuerzas destructivas.
¿Pero son estas personas las culpables realmente? No, nosotros sólo podemos culparnos a nosotros
mismos, porque nosotros somos responsables de cómo reaccionamos a los problemas.
Los demás quizás limiten los resultados
posibles de los problemas, pero no debemos permitir que ellos controlen nuestra
fe, también. Nuestra respuesta es
siempre nuestra elección, y si fallamos en tomar la propiedad de esto, nosotros
permitimos que los demás nos sacudan por todos lados como olas arrolladoras en
el mar, y permitimos que su conducta nos haga dudar de la bondad de Dios y de su
amor y su deseo de ayudarnos.
Santiago dice que debemos de alegrarnos por nuestras
dificultades. Esta alegría aparentemente
imposible viene de saber que nadie puede controlar nuestra fe más que nosotros;
es nuestra y solo Dios tiene acceso a ella.
Como nos recuerda Santiago, podemos pedirle a Dios que
nos de sabiduría, y él nos responderá enseñándonos cómo soportar nuestras
dificultades. Siempre que elijamos creer
en el y actuar según su sabiduría, antes de reaccionar en contra de los que nos
provocan, nosotros disfrutaremos de una fe constante que calma las aguas aún
mientras las tormentas continúan rabiando.